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martes, 19 de agosto de 2014

Agur Camboya

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El tiempo vuela. Si se le suma el factor -estar fuera de la rutina- vuela aun más rápido, y si ya se le añade el hecho de estar en un país en el que parece que inventaron eso de -mi casa es tu casa- uno se puede ir olvidando del reloj y el calendario.

Hoy hace tres semanas de mi entrada ilegal en el Camboya por una de las fronteras con Vietnam. Si, ilegal. Afortunadamente no tuve que saltar ninguna valla en busca del trabajo que otros no quieren para usar ahora ese adjetivo. Sino que tuve la suerte de ser un occidental despistado  que tuvo que volver tres días después a la frontera por donde entró, tras preguntar en varias agencias de Nhom Penh a ver si mi hipotético visado era de multiples entradas y obtener la -llamémosla curiosa respuesta de -You have no visa, para que unos policías me dieran el visado camboyano entre risas y me soltaran eso de... -You illigal in Cambodia-.

El caso es que me perdí un poco llegando de Ho Chi Minh a Bavet (Ciudad camboyana fronteriza con Vietnam). Además me entretuve al pararme en una fiesta que tenían montada unos tipos vietnamitas muy simpáticos a unos cincuenta kilómetros de donde cometería  lo que probablemente acabe siendo el mejor delito de mi vida. Me paré por el espectáculo que vi al pasar. Unas mujeres me vieron y les dijeron algo a los hombres que estaban preparándola al más puro estilo Viet. Me hicieron señas y dijeron cosas que acabé interpretando como una invitación a que me sentara con ellos. Yo que no me corto un pelo, me ví al de unos segundos comiendo algo que a día de hoy quiero pensar que era pollo, bebiendo chupitos de vino de arroz, bailando y cantando en un vietnamita que me iba inventando según me daba.

Después de eso y un par de paradas más, llegué al punto en el que mi imaginación y la emoción de entrar en Camboya harían de las suyas. Pasé por una oficina en la que me pondrían un sello de salida de la república socialista de Vietnam. Pensé que con eso ya estaba 0K para entrar en Camboya y algo así como que los miércoles el visado camboyano era gratuito. Después, dormí en la guest house más barata que encontré porque se estaba haciendo de noche.

Al día siguiente, monté en La Poderosa II y tiré para Phnom Penh. Faltaba poco para llegar a la capital del país que me lleva acogiendo durante tres semanas, cuando paré en una gasolinera para preguntar cuanto me quedaba. Parecía que era una de esas veces en las que nadie me entendía, hasta que un chico que hablaba inglés se me acercó y me dijo que estaba a veinte kilómetros de mi destino. Hablando con él me comentó que trabajaba como profesor en una ONG que acogía a niños de distintas provincias del país a los que les haría muchísima ilusión conocerme. No sé hable más. Allí que fuí. De noche, con La Poderosa II y el tipo que acababa de conocer, a lo que en España sería una escuela malamente improvisada. 


Al entrar  por la puerta de aquel sitio, no tenía ni idea de lo que iba a ser de mi, pero a día de hoy puedo decir que pasé lo que probablemente acabe siendo la mejor experiencia de este viaje por el Sudeste asiático. Diez minutos con aquella gente bastaron para que acabara quedándome una semana y pico dando clases de inglés a grupos de distintas edades del centro a cambio de un suelo donde dormir, (Si, un suelo) y arroz o noodles para desayunar comer y cenar. Lo cierto es que me trataron como a un señor con lo poquísimo que tenían. Me comentaron que yo había sido el primer profesor guiri voluntario que habían tenido, y que sí sabía de alguien  que quisiera echar una mano en la ONG de esa manera o de cualquier otra, que se lo hiciera saber. Así que si estás leyendo esto y te hace echar una mano por la Camboya más auténtica con camboyanos de la hostia, ya sabes donde encontrarme.                

lunes, 28 de julio de 2014

Xin chào Vietnam


Fue al pisar el aeropuerto de Tan Son Nhat cuando conocí a Enric, un catalan que lleva dos años en Tailandia y que durante un mes piensa recorrer Vietnam con Scott, un Australiano un tanto nómada que conoció en Tailandia. Con ellos he pasado algo menos de una semana. Seis días que han dado para mucho.

Llevo casi dos semanas en el sudeste asíatico, y es que a día de hoy escribo desde Camboya, sobre la que contaré mas adelante. Como vengo diciendo, tuve la suerte de conocer a Enric nada mas pisar el aeropuerto. Le propuse compartir un taxi a la zona de mochileros de Ho Chi Minh llamada Pham Ngu Lao y él sabía de un autobús que conectaba el aeropuerto con esa zona, por lo que ganó esa opción.

Después nos encontraríamos con Scott, que ya lleva cuatro meses en Saigon, lo cual supondría una gran ayuda para saber como hacer las cosas por aquellas tierras. Su idea era recorrer Vietnam en moto; desde el sur hasta el norte. En Vietnam el medio de transporte más utilizado es ese de las dos ruedas; por eso, y a pesar de que jamás había cogido una moto en mi vida, me uní a su plan por unos días, ya que luego tiraría por mi cuenta.

Pagué unos seis millones y medio de Dongs, (unos 220 Euros) por una Honda Dream de 100 CC que con el permiso de Alberto Granado he bautizado como La Poderosa II. Montado en ella y junto a Scott y Enric conduciendo sus respectivas motos, fui desde Ho Chi Minh hasta Vung Tau. Tras pasar un par de noches allí, me separé de ellos y volví a Saigon, donde tuve que pernoctar de nuevo si quería llegar a la capital de Camboya lo antes posible.

Por ahora, me ha dado para ver que Vietnam mola. Mola y mucho. Además, cada uno puede confeccionarse el Vietnam que quiera. ¿Quieres hacer como que no has salido de casa? - Hay Vietnam para ti. Cutre y fuera de lugar, pero haberlo haylo. Duele encontrarse con cafeterías o hamburgueserías multinacionales teniendo en la esquina de en frente un garito con sillas de plástico donde tomar un rico iced cofee  acompañado de la ruleta rusa de las diarreas que acarrea el hielo con el que lo sirven o unos suculentos noodels en cualquier sitio, servidos por una señora que no parará de asentir, sonreir y decir cosas en Viet a pesar de que uno no entienda una mierda. El juego está en ser un vietnamita más o al menos morir en el intento. (Tranquila ama, es una forma de hablar)